miércoles, 24 de junio de 2009

Reflexiones



Doy gracias a Dios por todo lo que me ha dado y me sigue regalando . También por los signos de comunicación, en especial, las palabras.
Si son escritas, sublimes, porque amo leer desde antes de aprender a hacerlo, cuando oía a mi padre contarnos historias que poco antes había leído.él mismo, pero también habladas son buenas.
Vivimos en un mundo dónde cada cual hace lo suyo, ensimismado, sin pensar ni ver al ser que está a su lado. Vivimos en un mundo, dónde cada vez nos comunicamos menos, en un mundo competitivo y egoísta que nos encierra en estructuras creadas por extraños, ajenas a nuestros intereses pero que ,increíblemente, aceptamos.
Ya no paseamos, ni visitamos a amigos, como si no nos interesaran lo que tengan para decirnos o para escuchar.


A mí me gusta escuchar, o leer, historias, leyendas, anécdotas etc. Y me gustaría hacer propicio este medio para contar una historia que, como muchas otras, me conmovió.






En el siglo XIX, además de otras calamidades, los habitantes de la campaña y de los pueblos del interior, que estaban sobre la zona de frontera con los indios, debían también, soportar sus malones y la destrucción que con ellos llevaban.
Alrededor de 1830, unos indios que regresaban de maloquear por Cruz Alta, desviándose de su camino, cayeron sobre un pueblo del límite con Buenos Aires. Además de robar algunos Víveres, se llevaron a un niñito que acompañaba a uno de sus hermanos a hacer unas compras.
La criatura en cuestión, tenía cinco años, se llamaba Santiago Avendaño y era el menor de cuatro hermanos.
Cuando llegaron a los aduares de Painé, cacique general de los ranqueles, se lo dieron a un indio llamado Caniú, que lo acogió en su toldo y lo trató muy bien como si fuera uno de los suyos.

A Santiago sus hermanos, en los momentos libres, le enseñaban a leer y también a escribir. En el momento del secuestro, el niño no había aprendido a escribir pero sabía leer bien.
Un día llegó a sus manos una revista, producto de la rapiña de los malones, y Santiago empezó a leerla ante el asombro de los indios. El hecho les pareció tan extraordinario a ellos que, desde entonces, cada vez que alguien visitaba el toldo de Caniú, la atracción era que escucharan al niño “que hablaba con el papel”. Cuando la noticia cundió, los indios lo visitaban sólo para escuchar leer al pequeño. Era la gran atracción.


Esta historia fue extraída de las Memorias de Santiago Avendaño, quien permaneció prisionero de los ranqueles por más de once años, hasta que Manuel Baigorria y un indio amigo, lo ayudaron a escapar.

martes, 9 de junio de 2009